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Conoce a las curadoras

CONOCE A LAS CURADORAS: CHRISTINA CHIROUZE

Es una curadora independiente y crítica del arte que está interesada en realizar un puente transatlántico entre sus dos culturas: francesa y guatemalteca. Además, busca que su trabajo esté atravesado por un enfoque holístico de la exposición en donde intervengan todos sus sentidos. Actualmente, está buscando ampliar su formato expositivo en otras experiencias, puesto que cree en la interculturalidad, la porosidad entre disciplinas y la fluidez de las narraciones.

Desde 2008 ha realizado, como gestora cultural, alrededor de sesenta exposiciones en La Caféothèque, un centro cultural que busca resaltar la cultura de los espacios cafeteros: América Latina, África y Asia. Asimismo, ha escrito diversos textos sobre eventos culturales, artísticos y sociales que se han publicado en diferentes medios como Artishock, Nómada y Sciences de l’Homme et de la Société. En el 2016 creó la asociación AcÁ París, en donde ha realizado diferentes eventos transdisciplinarios culturales, todo esto con la intención de hacer una promoción cultural de Centroamérica en Francia. También es miembro de la asociación de curadores (CEA), en donde ha sido promotora de la cultura centroamericana.

Dentro de sus últimas curadurías se puede mencionar Café Abstracto (2015); All’Estero (2018); Punto. Expansión (2018); Drinking coffee with my masters (2018); Exposición monográfica (2019); Intervención y exposición (2019); Blanco & Fuego (2019); Lisières (2019); Mimesis (2019); Un café, un visage (2019) y Entre la fleur et l’écorce les temps de la forêt (2020).

A continuación te compartimos una entrevista en la cual profundizamos que ha significado la curaduría y ser curadora en Guatemala para ella.

Para ti, ¿qué es la curaduría?

Para mí, la curaduría es ante todo una aventura humana. Trabajar con arte, con artistas, es trabajar con materia viva, sensible, con sentimientos y sensaciones, con historias propias y colectivas, con la más íntima expresión de la humanidad.

Curaduría viene de «curare» en latín, que significa «cuidar». Donde yo vivo, en Francia, todavía se usa el término «comisario de exposición», pero la connotación de esa palabra me suena muy formal, muy técnica, casi policial. Curador, curadora, por su consonancia con curandero, curandera, me parece un término más ajustado. Me gusta pensar en mi gremio como uno de brujas y brujos, mediums entre el «más allá» de lo simbólico; y el espacio-tiempo del público.

Además, el arte para mí es un remedio para nuestra sociedad. Hace unos años escribí una tesis (que fue publicada en Francia) sobre cómo el arte puede ayudar a sanar heridas, y tratar traumas colectivos: mi ejemplo central fue el conflicto armado en Guatemala, pero también es aplicable a la Shoah en Europa, Hiroshima en Japón, etc. Es apasionante, a la vez muy difícil de cuantificar y muy real: el arte terapia es la mejor ilustración. Un acercamiento subjetivo, sensorial, creativo, personal de un fenómeno social doloroso permite una catarsis, no sólo del artista sino también del público. Hace poco tuve la oportunidad de experimentar nuevamente esto en Panamá: dos exposiciones (una en el MAC, la otra en el Centro Cultural Internacional) trataron el tema traumático y controversial de la intervención estadounidense del 20 de diciembre de 1989. Muchos espectadores se echaron a llorar ante las obras. Lo interesante fue que se trataba tanto de gente que vivió sin verbalizar; como de jóvenes que se entristecían por no conocer la historia de su pueblo. Esas exposiciones son siempre experiencias fundacionales para una sociedad.

Por supuesto, y por suerte, no todas las exposiciones tratan temas sociales, históricos o políticos. Pero yo sí creo que todas, incluso las de arte abstracto, tienen una componente política, en el sentido etimológico de la palabra: el arte de la ciudadanía. Es el poder del arte. Los curadores / las curadoras estamos aquí para dar a luz esas experiencias sociales – casi mágicas.

¿Qué representa para ti ser curadora/artista/gestora cultural?

Ser curadora implica una entrega total: adentrarse en un universo desde el momento en que nace el concepto de la exposición hasta su realización en un espacio y un tiempo dados. Es definir la línea narrativa de la exposición, observar y analizar el universo del/de la/de los artista(s). Es federar las obras, hacerlas dialogar. Es crear la experiencia del público, por el transcurso, por la escenografía, por el discurso.

Para mí, el momento clave y más gozoso es la visita al taller del/de la artista. Allí, no sólo me interesan las obras, porque en realidad todo el universo que las rodea representa a la persona que les dio vida: 

¿es un espacio pequeño o es amplio? ¿es desordenado o al contrario, meticulosamente organizado? ¿Hay muchos materiales o sólo un lápiz? ¿Las obras son de gran formato o pequeñas? ¿Hay música o reina un silencio monacal? ¿Algún animal de compañía, niños cerca, o la soledad de la máxima concentración? ¿tiene objetos extraños que delatan algún fetichismo leve? ¿Hay luz natural? ¿hay plantas? ¿Hay obras de otros artistas? etc.

La visita al taller es, para mi, un momento sagrado. Por eso nunca preveo nada para después en mi agenda, me dejó la posibilidad de que dure horas. A partir de allí, nace otro nivel de confianza entre el/la artista y la curadora; a partir de allí se puede empezar a trabajar juntos en un proyecto común, que será la obra de ambas partes.

¿Cuáles son tus referentes de curadoras?

¡Hay muchísimas! Pero empezando por algunas referencias que marcaron el siglo XX en Guatemala: Margarita Azurdia, que hizo de su vida una obra de arte; Lissie Habie con su ojo experimentador, y su forma mágica de asimilar su enfermedad a través de la creación; Nan Cuz, maravillosa mente creativa inspirada de sus fisuras y su búsqueda identitaria… Para mi son todas magas, brujas, referencias, las tengo en un altar.

Algunas otras, contemporáneas: Lourdes de la Riva, la «agente de las polillas», me parece genial. Sandra Monterroso y sus tótems de tela típica, su retorno a sus raíces, me parece un trabajo sensible y reflexivo, que también refleja un fenómeno social. Marilyn Boror, especialmente su serie que yo llamo «topográfica»: retratos monocromáticos de blanco sobre blanco sobre la gente invisibilizada por nuestra sociedad. Cómo no mencionar a Regina José Galindo, grandísima artista del performance, que siempre mete el dedo en la llaga y marca mentes. La última performance que vi de ella en vivo fue en la Casa Ibargüen: vestía, en silencio, el vestido que una mujer llevaba puesto el día en que fue asesinada. Ese mismo día, si mis recuerdos no están mal, fue el famoso 8 de marzo en que se quemaron las niñas del mal llamado «Hogar Seguro». Todavía tengo escalofríos al pensar en eso.

A nivel Centroamericano, me vienen algunos nombres como la nicaragüense Patricia Belli, que admiro mucho por su trabajo sobre el cuerpo femenino, los estándares de belleza, etc. La costarricense Priscilla Monge es una maestra también: su discurso sobre la violencia sutil y socialmente aceptada en los ámbitos de lo íntimo me parece esencial en la época que vivimos. Otra Priscila de Costa Rica (esta vez con una sola l) es P. González: descubrí su obra en la 9ª Bienal de Artes Visuales Centroamericanos (en zona 4, Guatemala) donde presentó en un «comedor» su papel picado erótico, provocativo, humorístico: otra forma de tratar la feminidad, con más ligereza. Donna Conlon, que reside en Panamá, ha hecho obras de vídeo y fotografía que son, a mi parecer, esenciales para nuestra región. El duo con Jonathan Harker ha sido fértil.

Y volviendo a Guatemala, una mujer pilar, a la vez gran fotógrafa, artista plástica, gestora cultural, curadora, pensadora, docente, federadora, maga: Clara de Tezanos. Creo que Guatemala le debe muchísimo.

Así, algunas curadoras que son mi referencia, en Guatemala: por supuesto, Rosina Cazali, que abrió brecha en muchos aspectos. La primera exposición que le conocí fue «Horror Vacui» en el Centro Cultural de España en Guatemala. Fue el primer gran evento de performance en un espacio institucional, sobre un tema fuertísimo, que si bien es compartido por todas las sociedades latinoamericanas, fue vivido con mucho sufrimiento en Guatemala. Rosina es una mujer valiente que admiro mucho.

Alma Ruiz, desde Los Ángeles, es una figura central para el arte de Guatemala, pues nos visibiliza como país de arte, en otras esferas.

Pero mi gran heroína es Virginia Pérez-Ratton: esa costarricense fue la primera que creyó en Centroamérica como región. En un momento histórico crucial de las firmas de las paces, impulsado en gran parte por el presidente Oscar Arias, Virginia fue la que unió la región a nivel artístico. Sus exposiciones Mesótica I y II fueron hitos en la historia del arte de la región.

¿Te gustaría darnos alguna frase que creas importante que todas las mujeres en el arte guatemalteco / centroamericano debemos tener presente?

Centroamérica es una tierra de sabidurías ancestrales, de fuerzas telúricas. Así como los volcanes que habitan nuestra geografía, las centroamericanas sacamos nuestra fortaleza de nuestro centro, nuestro arte es visceral. Las mujeres centroamericanas somos seres de luz, luchadoras, poderosas. Hermanémosnos. Conozcámosnos. Expresémosnos.

No creo que debamos crear una separación para con los hombres. Simplemente mirarlos a los ojos. Callar sólo el silencio heredado. Alzar nuestras voces. Danzar con la vida.

Puedes ver más sobre su trabajo como curadora y sus textos en su página web.

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